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Los Murales del edificio de la Biblioteca Central
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La
Ciudad Universitaria del pedregal de San Angel |
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El 5 de abril de 1956 la Biblioteca Central de la Ciudad Universitaria abrió sus puertas y puso en servicio sus colecciones para apoyar las labores de una comunidad de estudiantes, docentes e investigadores, que abandonaba los edificios del centro de la Ciudad de México, donde había trabajado durante cerca de 50 años, para trasladarse al sur, en una nueva etapa de vida de la institución de educación superior más importante del país, la Universidad Nacional Autónoma de México.
De esta manera se completó un ciclo de trabajo que se inició en 1943 con la elección de terrenos en el Pedregal de San Ángel, y la publicación de la Ley de Fundación de la Ciudad Universitaria; y más tarde con el Decreto de Expropiación de 1946, mediante el cual una superficie de seis millones de metros cuadrados pasó a ser propiedad de la Universidad. |
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Un año después, en los espacios que muestran grandes manchones de lava, producto de la erupción del volcán Xitle, empezó el gran proyecto constructivo, resultado de un concurso convocado por la Escuela de Arquitectura de la propia Universidad; con el diseño del Plano de Conjunto, coordinado por Mario Pani y Enrique del Moral, dieron inicio los trabajos de urbanización y edificación. En marzo de 1949 el Pedregal de San Ángel se convirtió en el mayor taller de diseño y experimentación arquitectónica del México moderno. Durante los siguientes tres años, la actividad de un nutrido grupo de obreros, arquitectos e ingenieros, hizo posible el surgimiento de un centro de docencia, investigación y difusión de la cultura, en el hasta entonces árido paisaje del Pedregal de San Ángel.
Una de las principales preocupaciones de los arquitectos y constructores fue la aplicación del concepto de integración plástica. Para ello se invitó a participar en el magno proyecto a algunos de los más notables artistas mexicanos de la época.
Una vez más, como sucedió treinta años antes, cuando Diego Rivera, José Clemente Orozco, Jean Charlot, Fermín Revueltas y otros pintores, plasmaron en los muros del vetusto edificio de la antigua Escuela Nacional Preparatoria, en el Centro de la Ciudad de México, el sentir de la recién pasada revolución, la Universidad brindó generosa sus muros a los artistas para que en ellos se continuara una tradición plástica, que se remonta a varios centenares de años, y que tiene algunas de sus mejores expresiones en las zonas arqueológicas de Palenque y Cacaxtla.
Así surgieron los relieves de Juan O'Gorman en los muros bajos de la Biblioteca Central, el mural inconcluso de Diego Rivera en el Estadio Olímpico, y los grandes murales en diversas técnicas, de David Alfaro Siqueiros en el edificio de la Rectoría, de José Chávez Morado en el auditorio de la Facultad de Ciencias, de Francisco Eppens en los muros de las facultades de Odontología y Medicina, y por supuesto en la monumental ornamentación a base de piedra natural, del mismo O'Gorman, en la Biblioteca Central.
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El
edificio de la Biblioteca Central |
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En el año de 1948 el arquitecto y pintor Juan O'Gorman fue invitado para que proyectara, con los arquitectos Gustavo Saavedra y Juan Martínez de Velasco, el edificio de la Biblioteca Central, al que se había concedido una posición preponderante en el Plano de Conjunto de la Ciudad Universitaria. El programa constructivo se basó en estudios hechos por el Mtro. José Ma. Luján del funcionamiento de las principales bibliotecas universitarias del mundo, y a partir de ello se creó un edificio, dentro de las |
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corrientes funcionalistas dominantes en esos años, destinado a almacenar un millón de libros; en él destaca una serie de elementos distribuídos en dos volúmenes: uno desarrollado en sentido horizontal, y el otro, superpuesto, en sentido vertical. El cuerpo horizontal aparece tendido contra el desnivel del terreno, y en sus fachadas alternan las fajas visibles de la estructura de piedra volcánica, extraída del mismo suelo del Pedregal; a continuación espacios ocupados por vidrieras, para terminar con grandes superficies de ónix traslúcido de un hermoso color ámbar. En determinados lugares los muros de piedra incluyen relieves del mismo material, con motivos inspirados en la tradición del mundo prehispánico.
Las fachadas del gran cubo que forma el cuerpo vertical muestran en la base una franja de vidrieras y muros bajos que corresponden al piso abierto, después se despliegan diez pisos, con las composiciones pictóricas que hacen de este edificio la construcción emblemática de la Ciudad Universitaria, ya que en él se lograron los mayores y mejores ejemplos de integración plástica.
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¿Quien
construyó la Biblioteca Central? |
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La mejor imagen de Juan O'Gorman, el creador de la Biblioteca Central, es su autorretrato fechado en 1950, quizá la obra más original e imaginativa de la pintura mexicana de la primera mitad del siglo XX.
Juan O'Gorman nació en Coyacán, D.F. el 6 de julio de 1905. Estudió la carrera de arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México; |

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aprendió pintura con su padre el ingeniero de origen irlandés Cecil O'Gorman. Uno de sus primeros trabajos de pintura mural fue la decoración, en 1925, de tres pulquerías. En 1928 inició la construcción de la casa estudio de Diego Rivera en San Ángel, años después construyó para el mismo artista el Anahuacalli, edificio que resguarda la colección de figuras prehispánicas que Rivera donó al pueblo de México. De 1932 a 1934 trabajó como arquitecto construyendo 35 escuelas primarias y técnicas de inspiración funcionalista, para la Secretaría de Educación Pública. De 1942 a 1948 hizo pintura de caballete. Entre 1949 y 1951 proyectó y dirigió la construcción de la Biblioteca Central en la Ciudad Universitaria, edificio que recubrió con un mosaico de piedras naturales, con una superficie de 4 mil metros cuadrados. En 1950 expuso en el Palacio de Bellas Artes 100 pinturas de caballete. Su obra como muralista incluye, entre otros, los siguientes trabajos: la Biblioteca Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro, Michoacán; el Retablo de la Independencia en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec y la Sala de la Revolución del mismo Museo; así como trabajos en Chile y Estados Unidos. En 1972 recibió el Premio Nacional de Arte por su obra pictórica. Juan O'Gorman murió en la Ciudad de México en el año de 1982.
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Creación
del mural |
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Juan O'Gorman dejó el testimonio de su creación más importante, la Biblioteca Central de la Ciudad Universitaria, estas son sus palabras: “Desde el principio, tuve la idea de hacer mosaicos de piedras de colores en los muros ciegos de los acervos, con la técnica que ya tenía bien experimentada. Con estos mosaicos la biblioteca sería diferente al resto de los edificios de la Ciudad Universitaria, y con esto se le dio carácter mexicano.
Cuando traté el asunto con el arquitecto Carlos Lazo (gerente de construcción del proyecto de la Ciudad Universitaria) se entusiasmó con la idea del recubrimiento de mosaicos de colores y me pidió que hiciera un proyecto. Dediqué dos días y sus noches casi sin dormir y comer, haciendo los primeros croquis, para tener las ideas someras de este mosaico enorme que debería recubrir los cuatro lados de la torre de acervos del edificio, que ya se había comenzado a construir y se terminaría aproximadamente en 1950.
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Posteriormente, Carlos Lazo empezó a arrepentirse de haberme prometido hacer este grandioso mosaico, pero a súplicas mías, me permitió que se hiciera un ensayo en la parte baja de uno de los lados de los acervos para ver cómo resultaba visto sobre el edificio. Finalmente aceptó la idea de hacer los mosaicos de piedra, siempre que el precio que yo cobrara fuera extremadamente bajo, porque no se había previsto presupuesto especial para este recubrimiento, que debería costar un poco más que con vitricota u otro tipo de material. Ya sólo tenía entonces un problema, el de la localización de las piedras de colores. |
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Claro está que para hacer los mosaicos era necesario obtener piedras de todos los colores posibles. Para ello emprendí viajes por toda la República Mexicana, después de haber consultado el caso con un viejo ingeniero de minas, amigo de mi padre, quien me indicó los lugares donde podría encontrarlas. Visité muchos minerales y canteras para recoger muestras de cada uno de ellos, haciendo una colección integrada por aproximadamente 150 piedras de diferentes colores para seleccionar los que tuvieran mayor coloración posible.
En el estado de Guerrero encontré los amarillos, los rojos y los negros; varios colores verdes también los encontré en los estados de Guerrero y Guanajuato. En Hidalgo encontré piedras volcánicas de color violeta y dos calcedonias de color rosa. Nunca logramos encontrar piedra de color azul, a pesar de que me habían indicado que podría encontrar este color en Zacatecas, en una mina o sitio llamado Pino Solo. Emprendí la expedición que requirió dos días, acompañado por guías y provisto de mulas, hasta dicho sitio lejano, atravesando el desierto de Zacatecas. Allí encontré efectivamente, una calcedonia azul. |
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Finalmente seleccioné diez colores con los cuales podían hacerse los mosaicos: un rojo Venecia, un amarillo Siena, dos rosas de diferente calidad, una casi color salmón y la otra con tendencia al color violeta, un color gris violáceo, el gris oscuro del Pedregal, obsidiana negra y calcedonia blanca; también fue posible emplear el mármol blanco, dos tonos de verde... Para el azul empleé el vidrio coloreado en trozos y después triturado como si se tratara de piedras, o bien, hecho en placas para usarlo como se utiliza en los mosaicos de vidrio. |
Con la gama de colores antes descrita, con esta paleta por decirlo así, era posible hacer composiciones pictóricas al exterior de los edificios y tener la certeza de que mientras perduraran las piedras colocadas en el muro en forma de mosaico, perdurarían también los colores. Fue necesario recurrir a las piedras de colores naturales porque no hay en ninguna parte del mundo colores que puedan pintarse y que resistan la intemperie, los rayos solares, las lluvias y los cambios de temperatura”.
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Técnica
constructiva |
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Respecto a la técnica utilizada para realizar tan sorprendente trabajo, señala el artista: “Por lo demás, la técnica con la que se logró cubrir cuatro mil metros cuadrados es muy importante, pues gracias a ella este gran mosaico se ha conservado intacto sin necesitar por lo tanto la más mínima intervención restauradora”.
Continúa el texto de Juan O'Gorman: “Ordenamos hacer en una de las bodegas de materiales de la Ciudad Universitaria, un gran tablero vertical de madera sobre el cual se hicieron las plantillas, o sea el dibujo al tamaño natural de los mosaicos. Decidimos hacer lozas precoladas de un metro cuadrado, que podrían ser más o menos manuables para su colocación en el muro. |
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Sobre el gran tablero de madera, colocamos clavos exactamente a un metro de ancho por un metro de alto, conseguimos rollos de papel grueso de un metro de alto, de tal manera que las plantillas venían cortadas a la medida necesaria. Colgamos tiras de papel entre los clavos y sobre ésta se dibujaba el mosaico, comenzando por la parte inferior hacia arriba, de acuerdo con los proyectos a la escala de 5 cm. por metro. Claro está que en el proceso de ejecución se hicieron muchas modificaciones al proyecto original, de acuerdo con cambios que fueron a mi parecer necesarios para mejorar
el diseño y la composición. Al mismo
tiempo que se preparaban las plantillas y los dibujos,
en uno de los patios cerca del taller se almacenaban
y se partían las piedras de colores, que,
como dije antes, logramos traer de diversos lugares
de la República... |

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A
la vez se preparó en uno de los pisos de acervos del edificio de la Biblioteca en obra, una mesa especial de todo el largo del acervo de 48 metros, para hacer sobre ella los precolados de concreto armado. Me transportaba a la obra en bicicleta a las 7 de la mañana, llevando mi comida para trabajar durante todo el día, y terminaba generalmente a las 9 ó 10 de la noche. Los domingos y días de fiesta también trabajaba el mismo número de horas para acelerar la terminación
del mosaico en el menor tiempo posible.
Sobre cada plantilla se indicaban los colores de las piedras que tenían que colocarse según el dibujo marcado. Cada plantilla llevaba un número y letra que la situaba exactamente en el diseño general...El albañil encargado de hacerlas colocaba la pedacería de piedras de colores sobre las plantillas y sobre esta pedacería de piedra se hacía un pequeño colado de mezcla de cemento y arena con un poco de agua, para que la mezcla fuera un poco dura, con el propósito de que no escurriera ni manchara la parte visible del mosaico, que llevaba el dibujo de la plantilla, tal y como aprendimos en el Anahuacalli de Diego Rivera.
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Este pequeño colado servía simplemente para detener las piedras en su lugar y sobre ésta se colocaba la cuadrícula de fierro de alambrón de un cuarto de pulgada, que servía de estructura del precolado. Después se colaba el molde hasta llenarlo totalmente con revoltura de cemento, arena y gravilla, y se dejaba que estos precolados fraguaran perfectamente en el mismo sitio en que se hacían. Este sitio estaba cerrado y sin ventanas al exterior, y era muy húmedo para que fraguara el cemento con mayor dureza. A los dos días se levantaban los precolados, se limpiaba la superficie de |
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la piedra del mosaico y se almacenaba en una bodega, listos para colocarlos en su lugar sobre los muros exteriores de tabique de los acervos de la biblioteca.
El muro de tabique tenía una cuadrícula de varilla de fierro anclada, para detener las placas de mosaico. Cada uno de los precolados se llevaba a su sitio y se colocaba en cuatro anclas amarradas al fierro de la cuadrícula del muro. Posteriormente se colaba el espacio entre el muro y el precolado”.
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SIGNIFICADO DE LOS MURALES |
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Lado
Norte: El pasado prehispanico |
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El lado norte contiene la mayor cantidad de motivos ornamentales: próxima a la entrada de usuarios, está una monumental fuente de piedra volcánica, con una estilizada repesentación de Tláloc, el dios del agua de la cultura prehispánica. En el cuerpo del edificio, en los niveles correspondientes a las áreas administrativas y de servicios, se observan tres franjas de murales que alternan con vidrieras. La primera de ellas contiene, figuras de caracoles marinos y círculos, que en la iconografía prehispánica |
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se denominan “chalchihuites” o piedras preciosas; la segunda franja tiene como motivos ornamentales peces y signos calendáricos; la tercera, de mayores dimensiones que las anteriores, presenta dos enormes serpientes a los lados de un signo calendárico de fuego y agua. A partir del siguiente nivel se despliega el gran cubo, que es la parte correspondiente al acervo, y donde se concentraron los esfuerzos artísticos de Juan O'Gorman.
El mural del lado norte está dividido por un eje vertical al centro y dos ejes transversales, marcados por corrientes acuáticas de color azul, en las que aparecen canoas, peces, caracoles y culebras, elementos que hacen referencia al carácter lacustre de la antigua capital mexica, área que corresponde al actual Centro Histórico de la Ciudad de México. En las partes terminales de estas corrientes están los jeroglíficos de las principales ciudades que bordeaban el lago de México: Coyoacán, Churubusco, Iztapalapa, Xochimilco, Azcapotzalco y Tacuba.
La escena que aparece en la parte central de la composición recrea la fundación de Tenochtitlán, que tuvo lugar en el islote donde, de acuerdo a una leyenda, la tribu nómada de los mexicas descubrió un águila posada sobre un nopal, que les hace entrega de la tierra, simbolizada por una serpiente. Como testigos dos señores presiden la escena, origen y esencia de la gran ciudad capital de los mexicas. Este momento estelar de la tradición mexica es además presenciado por los tlatoanis (reyes) de México-Tenochtitlán, que aparecen distribuidos simétricamente a los lados, acompañados de sus respectivos jeroglíficos. Un detalle significativo de la escena se refiere al nopal en un cerro que lleva en su parte anterior el escudo de la guerra, y se asienta sobre las fauces estilizadas del Cipactli, el monstruo de la tierra.
Los espacios delimitados por unos ejes están llenos de figuras inspiradas en los códices nahuas, ordenadas según un orden simbólico en dos campos, uno a la izquierda y otro a la derecha del eje central. El del lado izquierdo está dominado por el sol, Tonatiuh, naturalmente aparecen deidades y escenas que en la mitología prehispánica tenían relación, con los aspectos más luminosos y positivos de la vida; el del lado derecho pertenece a la luna, las deidades y escenas que lo decoran representan al ámbito de lo negativo y tenebroso, la oscuridad y la muerte.
En la parte más alta de la mitad izquierda, junto al sol, aparece el dios benéfico Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, que lleva en su cuerpo ondulante las mazorcas de maíz y las vírgulas enlazadas que simbolizan el fuego, factores fundamentales en las culturas de Mesoamérica. Por debajo del cuerpo de la serpiente se ven dos divinidades mesoamericanas: Tláloc, el dios de la lluvia, que hace acto de presencia entre una planta de maíz situada a sus espaldas y un manantial sobre la cabeza, para transformarse en Quetzalcóatl, en su forma humana. En la parte media de esta mitad del muro norte, entre las corrientes acuáticas superior e inferior, domina la escena Tlazoltéotl, la “diosa del parto”, diosa también de la agricultura, quien es escoltada por el águila solar y el jaguar de la noche, acompañados de sus respectivos símbolos. A su derecha Ehécatl, dios del viento, sentado en el interior de un templo, sopla vigorosamente a través de un caracol. La franja inferior del mural está ocupada por músicos y danzantes que acompañan a un sacerdote principal en una ceremonia propiciatoria.
En el lado derecho, la representación de Quetzalcóatl en forma de serpiente, equilibra la composición al enfrentarse con la del lado opuesto, el dios lleva en su cuerpo discos de chalchihuites, -símbolo del jade o piedra preciosa- y secciones de caracol, además se observa una calavera que acompaña al dios Tezcatlipoca, el dios cojo, sembrador de discordias, el invisible y omnipresente dios del mal.
Atrás de él y un poco más abajo, se observa a Chalchiutlicue, diosa del agua, hermana de los dioses de la lluvia. En la parte central del mural, entre las dos corrientes acuáticas se ve la figura de Tlahuizoalpantecuhtli, el lucero de la mañana, Venus, una de las muchas advocaciones de Quetzalcóatl, y que muestra su dual presencia –la vida y la muerte- por el lado de su faceta vital levanta un bastón con la figura de un mono (ozomatli, signo calendárico). A su espalda, el jeroglífico de un cerro, rodeado de serpientes y fragmentos de cuerpos humanos, alude a diversos rituales mágicos, importantes en la cultura mesoamericana.
La decoración en la parte inferior muestra un conjunto de guerreros cubiertos de pieles de animales y armados de macanas y “chimalis” (escudos). El eje central está constituido, de arriba hacia abajo, por el sol, entre cuyos rayos inferiores unos discos sugieren un rostro de Tláloc; es decir, el calor y la lluvia, tan esenciales para la vida de aquellos pueblos y la de todos. El sol toca con uno de sus rayos un enorme cuchillo de sacrificio en el cual aparecen los dieciocho signos de los meses del calendario náhuatl. De los extremos del pedernal emergen dos manos: la de la izquierda lleva en la palma una simiente, una mazorca de maíz; la de la derecha, el chorro de sangre del autosacrificio.
En este lado norte del gran mural aparece, en el extremo inferior derecho, la firma del artista y la fecha de terminación de los trabajos: Juan O'Gorman 1952.
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Muro
Sur: El pasado colonial |
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Esta pared está marcada formalmente por la distribución de figuras a partir de una faja o columna de motivos centrales, y de dos grandes discos a los lados; propone una visión del mundo europeo en conjunción con el indígena, y desarrolla el esquema del mundo colonial novohispano.
Presenta los fundamentos del pensamiento español en ese tiempo, marcados por la contradicción entre Dios y Demonio, entre la religiosidad y la mundanidad, como bases de la cultura.
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Preside el conjunto un enorme escudo de la casa de Habsburgo, que gobernaba España en la época del descubrimiento y conquista de América, rodeado de figuras entre las que destacan las fechas de inicio y terminación del virreinato en México (1521-1820); del escudo emergen un brazo con una espada y otro con la cruz. Le sucede hacia abajo en la serie vertical de motivos, el par de Columnas de Hércules, parte del lema de la misma casa reinante (Non plus ultra); a los lados un templo griego, y más abajo un templo cristiano colonial, del que parecen salir las manos de Cristo redentor asociadas a una fortaleza y a un templo. Estos símbolos señalan la disposición de motivos en el mural: del lado derecho las armas y frutos de la guerra; del opuesto, los frutos de la cultura más o menos constructora.
En los vértices derecho e izquierdo se repiten los motivos de la luna y el sol, próximos a series de formas que recuerdan imágenes de los mundos prehispánico y colonial.
Las dos grandes circunferencias simétricas que resaltan en los dos campos laterales, hacen alusión a la concepción heliocéntrica de Copérnico y geocéntrica de Ptolomeo, presentando en sus centros las figuras de la tierra y el sol según dichas teorías, y rodeadas respectivamente por los signos del Zodíaco y los de las constelaciones. Debajo de estos discos se ven, en el mismo orden, el plano de la antigua Tenochtitlán, en la versión del mapa de Nuremberg de 1525, y la imagen del águila que cae, recuerdo de Cuahtémoc, el último gobernante mexica. En un lado de la porción izquierda se observa un escudo de León y Castilla, las dos casas reinantes de la España medieval, que se unen precisamente en los años del descubrimiento del Nuevo Mundo.
Hacia los lados y debajo de éstas hay muchas figuras que subrayan los dos aspectos de la conquista española, el civil y el religioso, destacando de uno y otro lado las figuras del conquistador Hernán Cortés y del primer arzobispo de México, Fray Juan de Zumárraga. Del lado izquierdo aparece también la escena de la quema de códices mayas, realizada por órdenes del obispo de Yucatán, Fray Diego de Landa. Enfrentado a este fragmento, en la parte baja del lado derecho se representa al soberano español otorgando a los indígenas las Leyes de Indias, teniendo como testigo un estandarte en el que aparece la imagen de la Virgen de Guadalupe.
No faltan, entre la multitud de formas, encarnaciones de ángeles y alguna del diablo, iglesitas, fortalezas, escudos, cañones, con las que O'Gorman hace alusión a la pintura popular, que le era tan querida.
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Muro
Oriente: El mundo contemporáneo |
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El átomo en el centro de la nueva cosmovisión, aparece como el principio generador de la energía vital de los vegetales, las aves, los peces, los reptiles y el hombre, y de la energía potencial de los minerales.
En la parte superior del mural aparece nuevamente la dualidad eterna, el sol y la luna, sólo que aquí su única correspondencia simbólica es con la vida y con la muerte.
Muestra en la parte superior dos símbolos referidos a la realidad histórica del mundo contemporáneo: la estrella roja del socialismo y el libro abierto de la cultura. Una vez más O'Gorman recurre a las oposiciones complementarias de la realidad mexicana; coloca en el lado izquierdo al mundo obrero, industrial, transformador, y lo opone al mundo rural, tradicional, conservador. El lado izquierdo presenta la imagen de las fábricas, la producción industrial y en una banderola el lema “Viva la revolución”.
En el lado derecho se ve la imagen de la casa tradicional
del campesino mexicano, los frutos de la tierra
y una pareja de indígenas con su vestimenta
típica, que sirve de marco a la presencia
del caudillo Emiliano Zapata, quien avanza a caballo
acompañado de un revolucionario que enarbola
una bandera con el lema que identificaba la lucha
agraria de ese caudillo, “Tierra y Libertad”.
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En
el centro, en una alegoría, reaparece el
símbolo de Cuauhtémoc, unido a la
figura de la paloma de la paz, integrado a la representación
del átomo y del fuego, creador y destructor.
En la parte baja otra figura hunde sus raíces
en la tierra, uniendo estos dos conceptos de la
historia de México.
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Muro
Poniente; La Universidad y el México actual |
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En la parte central, por encima del paisaje del Valle de México, domina la composición el escudo de la Universidad Nacional Autónoma de México, creado en 1921 durante el rectorado de José Vasconcelos. Arriba y a la izquierda, en las páginas de un libro abierto, aparecen las iniciales de la Biblioteca Nacional y en el lado derecho, a la misma altura, están en un pergamino las de la Hemeroteca Nacional. A este respecto vale la pena mencionar que en algún momento se propuso trasladar las colecciones de la Biblioteca y la Hemeroteca Nacionales, que se encontraban en edificios del centro de la Ciudad, a esta enorme construcción; sin embargo una serie de cuestionamientos impidió el traslado, de ahí la presencia de dichas iniciales en este lado del mural.
De la misma manera que en los anteriores lados de la
edificación, O'Gorman define dos ejes simétricos,
que a partir del gran escudo de la Universidad hacen
referencia a las actividades creativas y recreativas
de esta casa de estudios. Una enorme fuente, de la sabiduría,
es el referente inmediato de Tláloc, la divinidad
prehispánica, omnipresente en este edificio. El
lado izquierdo del mural nos remite, una vez más,
a uno de los aspectos más tradicionales del pueblo
mexicano, la vestimenta, que es una alusión al
origen popular y proletario de profesores, investigadores
y estudiantes de la Universidad, así como a la
permanencia y vitalidad de nuestra cultura. Se ve además
una pequeña construcción piramidal, reminiscencia
de los grandiosos templos prehispánicos.
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La porción derecha se refiere a las diversas áreas en las que participa la Universidad: la ciencia, la técnica y el deporte; esta última actividad representada por los aros olímpicos y la leyenda de la ciudad de París, puesto que fue en ese lugar donde México, y los deportistas universitarios, participaron por primera vez. Este espacio tiene como objetivo reforzar la presencia de la Universidad en el México contemporáneo. Algunos símbolos hacen referencia al mundo contemporáneo y a la actividad cotidiana de los universitarios: sugieren dos actitudes, el estudio y la recreación; la creación del conocimiento y el entretenimiento también creativo y propositivo.
No podemos dejar de mencionar el pequeño remate del edificio, que contiene la estructura que soporta el mecanismo de los elevadores destinados a los usuarios. Cada lado está debidamente ornamentado con algunos de los motivos del enorme cubo. En el lado norte aparece una representación del rostro de Tláloc, el dios de la lluvia, enmarcado por unas manos. El lado sur presenta una enorme mano que sostiene un libro abierto, flanqueado por las cabezas de un guerrero mexica. En cada uno de los lados, oriente y poniente, hay representaciones de cabezas de guerreros prehispánicos.
Investigación y Texto: Cecilia Haupt, Dirección General de Bibliotecas, UNAM
Colaboración en fotografías:
Gonzalo Reséndiz
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Obras
consultadas |
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La Ciudad Universitaria a la época de su construcción. Pedro Rojas. UNAM, México, 1979
Juan O'Gorman. Antonio Luna Arroyo. Cuadernos Populares de Pintura Mexicana. México, 1973
Murales. UNAM. México, 1967
La palabra de Juan O'Gorman. Ida Rodríguez Prampolini et al. UNAM, México, 1983
Juan O'Gorman: arquitecto y pintor. Ida Rodríguez Prampolini. UNAM, México, 1982
Arte Moderno y Contemporáneo de México. Tomo II. El Arte del Siglo XX Justino Fernández. UNAM, México, 1994
El surrealismo y el arte fantástico en México. Ida Rodríguez Prampolini. UNAM, México, 1969
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